Praxis Digital


Causas de la capacidad expansiva del anarquismo (José Aricó)
febrero 12, 2011, 4:53 pm
Filed under: anarquismo, José Aricó, Latinoamerica, movimientos sociales, proletarios

Segundo capítulo de la primer parte del libro de José Aricó “La hipótesis de Justo. Escritos sobre el socialismo en América Latina”. Buenos Aires,  Sudamericana,  1999.

Fueron las corrientes anarquistas las que, por lo menos hasta los años veinte del presente siglo, mostraron su extrema ductilidad para representar buena parte de todo este híbrido mundo de pensamientos inspirados en proyectos de reformas sociales y de justicia económica, manteniendo no obstante una estrecha vinculación con las clases proletarias urbanas. La “receptividad” —para utilizar una palabra ambigua y neutra, y por tanto más evocadora que conceptual— del movimiento social latinoamericano a las pautas ideológicas, organizativas y de acción política de matriz anarquista obedece a una diversidad de razones aún no suficientemente indagadas; es una historia que aún debe ser hecha y para la cual siguen faltando todavía las fuentes primarias más elementales. Y esta circunstancia es en cierta medida comprensible si admitimos que entre nosotros el anarquismo fue más la expresión de un subversivismo espontáneo de las masas populares, que la búsqueda de una resolución positiva de la “cuestión social”. Su historia no es por tanto sino un mero capítulo de esa otra historia más vasta y complicada de las “clases subalternas” que, al decir de Gramsci, es por naturaleza disgregada y episódica, y que, aun para ser estudiada como tal, requiere de una inmensa cantidad de fuentes con frecuencia difíciles o imposibles de recoger. 1


En la medida en que la vida social del continente estaba fuertemente teñida de la presencia de un subproletariado generalizado, para el que carecían de sentido las luchas de las clases propietarias por la constitución de los estados nacionales, y de una vasta masa de proletariado urbano y rural, en su gran mayoría de origen inmigrante, colocada en la situación objetiva de fuerza de trabajo segregada y explotada, era natural la existencia de un larvado sentimiento de rebeldía contra una recomposición del tejido social que se realizaba a expensas de las clases subalternas. Las masas populares mantuvieron y profundizaron una actitud de protesta que tendía a estallar bajo las formas de una violencia destructiva, las más de las veces espontáneas, viciadas de odio y desesperación. La reacción inmediata contra el “desorden social” impuesto por las clases dominantes encontraba en las doctrinas libertarias una ideología acorde con una visión que fundaba en la eliminación física de toda la estructura autoritaria y represiva la posibilidad de la liberación de los hombres. Las esperanzas puestas en una resolución catastrófica e inmediata del presente, que es típica del mundo de nuestro siglo y particularmente de sus zonas periféricas, tornaba en definitiva prescindible toda estrategia que se planteara objetivos futuros a largo plazo. La redención humana sólo era posible si los hombres estaban dispuestos a rebelarse ya contra la nueva sociedad nacional, que era la que aparecía ante ellos como la causante de sus males presentes.

En este ambiente objetivamente apto para la penetración de concepciones como las de Bakunin, las doctrinas libertarias ejercieron una profunda fascinación sobre ese vasto mundo de los “humillados y ofendidos” que eran los destinatarios de sus ideas: los proletarios y artesanos de la ciudad y del campo, en gran medida inmigrantes, los campesinos pobres, los peones y desocupados, la juventud intelectual pequeñoburguesa de la que podría decirse lo mismo que el propio Bakunin decía del ambiente anarquista italiano de los años setenta:

“La Italia posee lo que falta en los demás países; una juventud ardiente y enérgica, con frecuencia desposeída, sin carrera y sin salidas, la cual, no obstante el origen burgués, no está moral e intelectualmente exhausta, como la juventud burguesa de los demás países. Esta juventud se precipita hoy de cabeza en el socialismo revolucionario, en el socialismo que acepta por entero nuestro programa.” 2

La crítica, entre romántica y violenta, de las instituciones “sagradas” de la sociedad burguesa, de la propiedad privada, el Estado, el parlamento, el Ejército, la Iglesia, la familia, la educación, encontraba terreno fértil en una masa de trabajadores que eran verdaderos parias expulsados de sus aldeas de Italia o de España por la miseria endémica, la opresión terrateniente y la violencia del Estado. Rotos los vínculos con su comunidad y su familia, desarraigados en una tierra extraña, ¿cómo podían esos hombres no sentirse atraídos por esta nueva comunidad basada en el respeto mutuo, en la fraternidad y en la igualdad ofrecida por los ideales libertarios y colectivistas? Las asociaciones en las que los anarquistas trataban de incorporar a los trabajadores, esas verdaderas comunas basadas en el apoyo mutuo, tenían por función no sólo la defensa de sus intereses profesionales y la difusión doctrinaria, sino también la de integrarlos cultural y societariamente en su condición de “pueblo trabajador”, es decir, de seres humanos desposeídos y por lo tanto excluidos de la civilidad burguesa. Era una forma de estructurar una verdadera cultura de oposición, capaz de mantener vivo el rechazo violento del capitalismo e incólume la fe apasionada en la siempre próxima e inmediata revolución social.

El aislamiento en que estaban los trabajadores respecto de la sociedad global, la ausencia o debilidad de las instituciones de la democracia burguesa que operaba en Europa como mecanismos de incorporación de las masas al sistema político (el sufragio universal, la plena libertad de expresión sindical y política, etc.), los obstáculos creados para el libre acceso de los inmigrantes a la tierra y a la conquista de sus derechos ciudadanos, crearon en América condiciones aun más favorables para la difusión de aquellas corrientes que desconfiaban de la utilidad que podían obtener los trabajadores de su participación en luchas políticas y electorales a las que, en definitiva, consideraban extrañas a sus intereses y sentimientos. Las corrientes libertarias y sindicalistas podían lograr una receptividad mayor que las socialistas porque se basaban precisamente en este apoliticismo natural de las clases subalternas, al que contribuían a su vez a consolidar. El predominio que de tal modo fueron conquistando en el interior del movimiento obrero en formación frenó la posterior expansión del socialismo de filiación marxista, contribuyendo a fortalecer entre éstos aquellas tendencias más moderadas y reformistas.

Un hecho al que se debió en buena parte la gran difusividad del anarquismo, tanto en su variante individualista, primero, y en la sindicalista, después, fue la capacidad de atracción que mostró tener frente a la intelectualidad de origen pequeñoburgués. En América Latina el anarquismo reclutó a los intelectuales avanzados de las primeras décadas del siglo, particularmente aquellos formados al margen de las instituciones universitarias y de los ambientes académicos, cada vez más sensibilizados frente a la violenta irrupción de la “cuestión social” en la realidad del subcontinente —y no sólo de éste—. La relativa libertad de prensa existente por esos años permitió a los anarquistas desplegar una formidable publicística que convirtió a la Argentina en uno de los lugares más importantes de difusión de la literatura de corte social, lo cual era también una demostración de una relevante capacidad de organización cultural e intelectual. Según afirma Nettlau, Buenos Aires era por esa época uno de los dos centros americanos para la difusión de publicaciones anarquistas; un centro tan importante que en 1900, por ejemplo, se llegaron a editar en esta ciudad tantos folletos y libros de propaganda como en Barcelona, máximo centro mundial.3 Por otra parte, la presencia en el Río de la Plata de las dos figuras internacionalmente más destacadas del anarquismo, como fueron Enrico Malatesta y Pietro Gori, contribuyó tan decisivamente a crear una atmósfera cultural favorable en los medios intelectuales de Buenos Aires que durante años la bohemia porteña se sintió totalmente identificada con el mundo moral e intelectual del anarquismo. Figuras como Alberto Ghiraldo, Florencio Sánchez, José de Maturana, Rodolfo González Pacheco, Julio R. Barcos, Elías Castelnuovo, o españoles casi nacionalizados como Rafael Barrett, le dieron al anarquismo un irresistible poder de expansión entre la juventud intelectual iconoclasta. De ahí que haya podido afirmarse con toda razón que en la Argentina de la primera década del siglo nacer a las letras “casi era como iniciarse en la anarquía”.4

Sin embargo, toda esta inmensa actividad publicística y de propaganda doctrinaria, al margen en muchos casos de su valor literario, tuvo un muy bajo nivel teórico y político. Como destaca Abad de Santillán, que para el caso es una fuente insospechable por la adhesión moral e intelectual que mantuvo frente a un movimiento del cual fue, además, uno de sus máximos exponentes, “se han divulgado ideas, pero no se ha pensado; el movimiento argentino fue un vehículo excelente, pero no ha ofrecido al mundo mucho de original”.5 Pero la falta de “originalidad” teórica del movimiento anarquista argentino no puede ser imputable exclusivamente, como hace Santillán, al bajo nivel intelectual de sus propagandistas. Vale la pena recordar que el movimiento se expande en el Río de la Plata cuando comienza a sufrir de una parálisis intelectual en el mundo, de la que no saldrá ni siquiera en la deslumbrante aunque lamentablemente breve estación de la República española.6 Al margen, empero, de esta crisis teórica del movimiento anarquista mundial, que no impidió que en América Latina se destacaran figuras de la magnitud de Manuel González Prada o de Ricardo Flores Magón, es acaso en las características propias del movimiento obrero en germen y de su organización más representativa donde deba rastrearse la ausencia o no de “originalidad” del anarquismo argentino. Aun cuando las clases trabajadoras tenían en Argentina un peso numéricamente importante en las primeras décadas del siglo, la heterogeneidad de su composición desde el punto de vista de las corrientes migratorias que las constituyeron era de tal magnitud que sólo podían recomponerse como “clase” autónoma en la medida en que ponían entre paréntesis el propio espacio nacional en el que operaba tal recomposición. En el acto mismo de reafirmarse como clase obrera, paradójicamente se vedaban a sí mismas la comprensión teórica de la posibilidad de su conversión en “clase nacional”. Excluidas objetivamente del sistema político, su propia fuerza numérica las arrastraba a un quid pro quo de pensamiento y de acción, del que por largos años no pudieron escapar y por el cual la conquista de una conciencia “obrera” sólo podía ser hecha a expensas de la posibilidad de pensar en la teoría y en la práctica los caminos que pudieran conducirlas a la conquista de una transformación revolucionaria de la sociedad en su conjunto que inspiraba muchas de sus acciones. Una doctrina como la anarquista, que fundamenta en abstractos principios de justicia la denuncia de la explotación y la explicación de la lucha de clases, no resultaba en definitiva apta para contribuir a superar esta limitación por así decirlo “estructural” del proletariado argentino y para elaborar una propuesta de transformación basada en un análisis concreto de la sociedad argentina, del carácter nacionalmente situado de la lucha de clases y de la naturaleza del Estado. En la teoría, el movimiento anarquista apuntaba sólo retóricamente a la destrucción del poder capitalista; en los hechos, su esfuerzo estaba puesto casi exclusivamente en la defensa de los intereses corporativos de los trabajadores, en tareas de solidaridad y en la lucha por la conquista de una plena libertad de funcionamiento de las organizaciones profesionales y culturales del proletariado.7 Y es aquí, en su estilo de acción obrera, en su práctica cotidiana por la defensa de los explotados, donde podremos encontrar un filón de búsqueda que nos permita colocar en su correcta dimensión la pregunta acerca de la verdadera originalidad de un movimiento que, al igual que su congénere norteamericana, la Industrial Workers of the World (IWW), más que en la potencialidad de su teoría residía precisamente en una aguda percepción de la condición obrera y de las formas prácticas a través de las cuales podía organizarse para luchar por sus reivindicaciones.

El mérito del movimiento anarquista favorable a la organización sindical, es decir, anarcosindicalista, residió en haber intentado con éxito organizar a los trabajadores a partir de sus características intrínsecas, derivadas en buena parte del tipo de desarrollo capitalista que se impuso en el país y de su condición prioritaria de proletariado inmigrante. La Federación Obrera Regional Argentina (FORA), constituida en 1901 bajo la inspiración del anarquista italiano Pietro Gori, fue un verdadero crisol donde se fundieron una diversidad de nacionalidades, fundamentalmente latinas y eslavas, que constituían una masa trabajadora extremadamente móvil y desprovista de cualquier tipo de calificación técnica. Unificándolos en organizaciones gremiales por principio “absolutamente autónomas en su vida interior y de relación”,8 la FORA contribuyó decisivamente a establecer un vínculo clasista entre un proletariado rural y semiurbano que no podía encontrar en un sistema fabril ausente el punto de concentración de la voluntad obrera sobre el que funda el marxismo la superioridad de la estrategia y de la acción socialista. De tal modo creó condiciones para que la extrema movilidad de ese proletariado fuera un elemento decisivo en la “comunicatividad”9 de las luchas obreras. La elevada capacidad de comunicación de estas luchas obviaba en gran parte la necesidad de un aparato burocrático centralizador, lo cual explica el hecho sorprendente de que en las dos primeras décadas del siglo hubieran podido producirse grandes movimientos de lucha de los trabajadores argentinos orientados por un movimiento que se oponía por principio a la existencia de funcionarios sindicales permanentes y que debatía apasionadamente en sus congresos la conveniencia o no de que los dirigentes se beneficiaran con sueldos pagados por el sindicato. Como resultado de esta concepción de la lucha obrera, derivada de una excepcional capacidad empírica de percibir el flujo continuo de la lucha obrera, se configura un tipo de agitador social completamente distinto del clásico dirigente de experiencias sindicales europeas como la inglesa, la alemana y aun la francesa. No el militante que durante años trabaja en su taller o en su barrio, como fue la característica predominante en la militancia de las formaciones socialistas, sino un tipo de agitador móvil, capaz de nadar en el interior de la corriente de las luchas proletarias, que se desplaza de un confín al otro del país, o aun del continente, que tiene una aguda intuición para percibir los signos del conflicto latente próximo a estallar, que no reconoce fronteras nacionales que le impidan desplegar su voluntad de lucha y su fidelidad ilimitada a la causa de los explotados.10

La historia del anarcosindicalismo argentino y latinoamericano está colmada de este tipo de agitador y organizador social cuyos antecesores más mundialmente conocidos fueron los italianos Enrico Malatesta y Pietro Gori y de los que dos relevantes ejemplos son, por un lado, el mexicano Ricardo Flores Magón, y por el otro, un chileno, que aunque creía ser ortodoxamente marxista estaba en realidad mucho más cerca de la atmósfera ética y política anarquista en que se formó. Nos referimos a Luis Emilio Recabarren, que no por casualidad fue luego uno de los protagonistas principales de la fundación de los tres primeros partidos comunistas de América del Sur.11


NOTAS

1 Para el concepto de “clase subalterna”, véanse las observaciones hechas por Antonio Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel. La mayor parte de ellas están agrupadas bajo el título de “Appunti sulla storia delle classe subalterne” e incluidas en el volumen sobre Il Risorgimento (Turín, Einaudi, 1953, pp. 189-225; en español, El Risorgimento, México, Juan Pablos, 1980, pp. 249-285). Gramsci anota que “la unidad histórica de las clases dirigentes ocurre en el Estado, y la historia de éstas es la historia de los Estados y de los grupos de Estados”. La unidad histórica fundamental no es una mera expresión jurídica y política, sino que resulta de las relaciones orgánicas que se establecen entre el Estado y la sociedad civil. Las clases subalternas, en cambio, están por definición no unificadas ni pueden tampoco lograrlo a menos que se conviertan ellas mismas en “Estado”, o sea, a menos que dejen de ser subalternas para convertirse en dirigentes y dominados. Su historia está entrelazada con la de la sociedad civil, es una función disgregada y discontinua de la historia de la sociedad civil, es necesariamente episódica. “Es indudable que en la actividad histórica de estos grupos existe una tendencia a la unificación aunque sea con planes provisorios, pero esta tendencia es continuamente destruida por la iniciativa de los grupos dominantes […] Los grupos subalternos sufren siempre la iniciativa de los grupos dominantes, hasta cuando se rebelan y emergen: sólo la victoria ‘permanente’ destruye, y no inmediatamente, la subordinación.” Es por esto que cada expresión de iniciativa autónoma de parte de los grupos subalternos tiene un valor inestimable para la reconstrucción histórica del proceso de autonomía de las clases populares. Sin embargo, en la medida en que el desarrollo hacia la conquista de una autonomía integral es para las clases populares un proceso “disgregado” y “episódico”, su historia “sólo puede ser tratada en forma monográfica y cada monografía es un cúmulo muy grande de materiales con frecuencia difíciles de recoger” (op. cit., pp. 191-193). Antropólogos, sociólogos preocupados por la indagación de aquellos mecanismos que fundan y preservan el mantenimiento de las estructuras económicas y sociales, han confluido en la necesidad de sustituir una visión de las clases populares desde la esfera del Estado por una nueva perspectiva “desde abajo”, es decir, “desde su formación objetiva en cuanto grupos subalternos, por el desarrollo y trastornos que se verifican en el mundo de la producción económica”. Respecto de esta nueva problemática, a la que contribuyó a suscitarla con su libro Rebeldes primitivos (Barcelona, Ariel, 1968), véase la síntesis hecha por Eric J. Hobsbawm, “Para el estudio de las clases subalternas”, Pasado y Presente, año I, núms. 2/3, julio-diciembre de 1963, pp. 158-167. Del mismo Hobsbawm véase Revolución industrial y revuelta agraria, Madrid, Siglo XXI, 1977, obra escrita en colaboración con George Rudé, al que debemos uno de los mejores trabajos sobre los disturbios populares en Francia e Inglaterra entre 1730 y 1848, La multitud en la historia, Buenos Aires, Siglo XXI, 1971. Es también a este tema de la historia de las clases subalternas que se orienta una de las más importantes iniciativas editoriales de habla española. Nos referimos a la “Historia de los movimientos sociales”, colección publicada por Siglo XXI de España desde 1975.

2 Gli anarchici. Cronaca inedita dell’Unità d’Italia, Roma, Editori Riuniti, 1971, p. 85.

3 Cf. Max Nettlau, “Contribución a la bibliografía anarquista en América Latina”, en Certamen Internacional de La Protesta, Buenos Aires, 1927, p. 17. Oved recuerda que “en la actividad de los grupos anarquistas de la Argentina resaltaba una tendencia notable a difundir publicaciones ideológicas […] Entre 1890 y 1905 se editaron en Buenos Aires y se difundieron en la república (así como en países vecinos) 90 libros y folletos de autores anarquistas, principalmente europeos, y de algunos activistas locales. De este modo Buenos Aires, a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, se convirtió en uno de los dos centros principales en el continente americano para la difusión de publicaciones anarquistas (el otro era Paterson, en los Estados Unidos). La propaganda escrita en ese entonces, por intermedio de las publicaciones, tuvo amplia difusión; además de la literatura impresa en Buenos Aires, Argentina era un mercado vasto para absorber literatura anarquista europea: francesa, italiana, y sobre todo española. Los libros, periódicos y folletos de las editoriales anarquistas de Barcelona y Madrid llegaban pronto a Argentina y eran absorbidos por un público lector numeroso”, Iaácov Oved, El anarquismo en los sindicatos obreros de la Argentina a comienzos del siglo XX (1897-1905); tesis presentada en la Universidad de Tel Aviv, junio de 1975, mímeo, t. II, p. 368. La edición del libro de Oved publicada por Siglo XXI, El anarquismo y el movimiento obrero en Argentina (México, 1978) no incluye la parte citada de la tesis.

4 Diego Abad de Santillán, El movimiento anarquista en la Argentina, Buenos Aires, Argonauta, 1930, p. 121. El mismo autor afirma, quizá con demasiado énfasis, que no hubo país donde el anarquismo tuviera tanta influencia en la literatura como en Argentina, salvo un corto período en Francia: “Se puede decir que la gran mayoría de los jóvenes escritores en la Argentina se han ensayado desde 1900 […] como simpatizantes del anarquismo, como colaboradores de la prensa anarquista y algunos como militantes […]” (op. cit., p. 121). Aunque considerando exagerada esta afirmación de Santillán, Oved reconoce que “el anarquismo ejerció influencia sobre un número de autores jóvenes destacados en la primera década del siglo XX. En esos años estaban muy cerca la bohemia porteña y los círculos anarquistas; varios de los cafés más famosos de Buenos Aires, por ser lugar de cita de los bohemios […] eran conocidos también como lugares de reunión de anarquistas activos” (Oved, El anarquismo en los sindicatos…, cit., t. II, pp. 369-370). En estos círculos brillaba con luz propia la figura intelectual más relevante con que contó el anarquismo en la Argentina, Alberto Ghiraldo. Sobre la relación entre el anarquismo y la intelectualidad argentina, tema aún no suficientemente abordado, véanse entre otras obras, Héctor A. Cordero, Alberto Ghiraldo, Buenos Aires, Claridad, 1962; Sergio Bagú, Vida de José Ingenieros, Buenos Aires, EUDEBA, 1963; Roberto F. Giusti, Visto y vivido, Buenos Aires, Losada, 1965.

5 Diego Abad de Santillán, “Bibliografía anarquista argentina”, Timón, Barcelona, septiembre de 1938, p. 182.

6 En una entrevista concedida al periódico La Stampa, Francesco Saverio Merlino, ese socialista anárquico al que Robert Michels definió como “el primer revisionista de Marx en el campo de los socialistas italianos”, extendía un certificado de defunción del anarquismo espontaneísta y romántico de fin del siglo: “Creo que el partido anárquico está destinado a desaparecer. Es mi impresión particular que el partido anárquico no posee más ningún hombre de primera línea […] Por lo demás, el partido anárquico ya no produce más intelectualmente; ninguna obra científica o política de valor ha surgido de alguna mente del partido anárquico, que tampoco ha logrado procrear nada nuevo. Cuando el pensamiento anarquista generaba vigorosas manifestaciones en los Estados Unidos, en Alemania, en la propia Inglaterra, el movimiento anárquico lograba expandirse. No sólo se ha detenido; está concluido” (Gli anarchici, cit., p. 698). El agotamiento teórico del pensamiento anarquista no logrará ser superado ni por figuras de la importancia política de un Enrico Malatesta, o de un Camillo Berneri, en España. Sólo en los años sesenta, y como resultado del cuestionamiento anticapitalista del movimiento estudiantil y de luchas obreras de nuevo signo, emerge una izquierda extraparlamentaria y radicalizada que además del marxismo recupera la temática antiautoritaria y no-institucional del anarquismo y del comunismo de izquierda europeo de la década del veinte. Lo cual, aunque no siempre se está dispuesto a reconocerlo, contribuyó decisivamente a incorporar a la discusión sobre el socialismo un conjunto de problemas soslayados durante muchos años por el movimiento obrero internacional. Antes que una resurrección del anarquismo es posible afirmar que estamos presenciando una recuperación por parte del movimiento socialista —en el más amplio sentido de esta palabra— de una constante libertaria a la que las experiencias socialdemócratas y comunistas ahogaron en la teoría y en la práctica del movimiento social.

7 Son bastante ilustrativas al respecto las “Consideraciones finales” con las que Abad de Santillán termina su libro sobre la FORA, fechadas el 31 de diciembre de 1932, o sea, en momentos en los que la sociedad capitalista en su conjunto, y en particular la argentina, atravesaban una profunda crisis económica, social y política: “[La FORA] ha cumplido hasta aquí, como ninguna otra organización en América, con su misión de defensa de los trabajadores, en resistencia tenaz y abnegada contra el capitalismo. Pero no basta ya la resistencia; es preciso encarar más y más la superación del actual sistema económico […] No es ya la defensa la que ha de primar, sino el ataque, y ese ataque implica una mejor disposición de nuestras fuerzas, pues en el terreno económico la producción y el consumo no pueden ser interrumpidos, so pena de hacer odiosa la revolución y de tener que sostenerla sólo a base de nuevas dictaduras […] En una palabra, el centro de la FORA hasta aquí, la resistencia al capitalismo, hay que desplazarlo por este otro: la preparación revolucionaria. La preparación revolucionaria tiene dos aspectos, uno económico y otro insurreccional […] La FORA reconoce como medios de lucha para la conquista de mejoras económicas y morales sólo la acción directa, es decir, la acción en la que no intervienen terceros y que se desarrolla por los trabajadores mismos frente al capital explotador y al Estado tiránico.” El arma específica de que dispone, la huelga general, responde perfectamente, según Santillán, a la lucha contra el capitalismo y el Estado en el régimen capitalista; sin embargo, no permite al movimiento salir de él y destruir el monopolio de la riqueza y del poder capitalista: “La huelga, el boicot y el sabotaje valen para arrancar esas conquistas y para defenderlas; para destruir los pilares del capitalismo no basta. Y la FORA quiere destruir esos pilares, para eso ha sido creada, para eso ha sido sostenida.” Para superar esta “falla en su táctica”, la FORA debe “afilar las armas de la revolución y declarar que lo mismo que las conquistas parciales tienen sus métodos propios y lógicos, los tiene la destrucción del régimen de opresión y explotación en que vivimos […] La revolución tiene sus armas propias, y una organización obrera no puede concertarlas más que en estos dos métodos: Ocupación de las fábricas, de la tierra y de los medios de transporte. Insurrección armada para la defensa de esa ocupación.” (La FORA. Ideología y trayectoria del movimiento obrero revolucionario en la Argentina, Buenos Aires, Proyección, 1971, pp. 285-293). Resultará una tarea vana buscar en el libro alguna previsión concreta de los procesos reales a través de los que una organización extremadamente debilitada por las divisiones internas, la represión policial y la coyuntura económica de crisis, como era la FORA a comienzos de los años treinta, podía ser capaz de efectuar, en un tiempo más o menos razonable, un desplazamiento de fuerzas como el planteado. El llamado a la insurrección en boca del autor no es sino una exhortación a no integrarse, a resistir paciente y obstinadamente la derrota para estar prontos a usufructuar la inevitable victoria del mañana.

8 Bayer enfatiza el papel desempeñado por la FORA del V congreso, es decir, por la organización que se mantuvo fiel a los principios del “comunismo anárquico”, en el establecimiento de un nexo orgánico dúctil y creativo de una masa de trabajadores de por sí bastante difícil de organizar. “La central obrera anarquista había logrado algo que luego ningún movimiento político-gremial superó en nuestra historia: la formación de las ‘sociedades de oficios varios’ en casi todos (¡sic!) los pueblos de campaña. Y lo que es más, casi todas (¡sic!) con sus órganos propios de expresión o sus propios volantes impresos. Es a la vez curioso e increíble lo que hizo el anarquismo por el proletariado agrario argentino: hubo pueblos o pequeñas ciudades del interior donde el único órgano de expresión, el único periódico, era la hoja anarquista, con sus nombres a veces chorreando bondad, a veces oliendo a pólvora. Y los únicos movimientos culturales dentro de esas lejanas poblaciones fueron los conjuntos filodramáticos que representaban obras de Florencio Sánchez, Guimerá o Dicenta… En los pueblos de campaña con estación de ferrocarril se juntaban tres organizaciones obreras anarquistas: la de conductores de carros, la de oficios varios (en la que entraban los peones de la cosecha) y la de estibadores, es decir, los que hombreaban las bolsas de los carros al depósito de la estación y de la estación a los vagones. Las tres organizaciones eran autónomas pero a su vez pertenecían a la FORA en un sentido descentralizado y de amplia libertad interna. Ya lo decía el pacto federal de la FORA: las sociedades (los sindicatos) serán absolutamente autónomas en su vida interior y de relación y sus individuos no ejercerán autoridad alguna. Además, se reafirmaba este principio de libertad y descentralización en el punto 10, cuando se establecía con énfasis: ‘la sociedad es libre y autónoma en el seno de la federación local; libre y autónoma en la federación comarcal; libre y autónoma en la federación regional’” (Osvaldo Bayer, “La masacre de Jacinto Arauz”, en Los anarquistas expropiadores, Simón Radowitsky y otros ensayos, Buenos Aires, Galerna, 1975, pp. 121-125). Es posible pensar que el autor, dejándose llevar por su identificación con el mundo intelectual y moral de la resistencia anarquista, exagera el grado de organicidad y extensión alcanzado por el movimiento obrero rural de orientación anarquista. Sin embargo, es preciso reconocer que es a Osvaldo Bayer a quien le corresponde el mérito de haber reexhumado el tema del sindicalismo agrario, que no obstante haber sido durante las dos o tres primeras décadas del siglo una experiencia de fundamental importancia en la formación política de las capas trabajadoras rurales, aún no ha sido estudiado ni siquiera en la etapa primaria de recopilación de fuentes. El trabajo sobre la huelga de los obreros rurales de Jacinto Arauz, ocurrida el 9 de diciembre de 1921 en esa pequeña población pampeana, se publicó originariamente en la revista Todo es Historia, en 1974, y sigue siendo en la actualidad una expresión desoladoramente solitaria de una orientación de búsqueda todavía no encarada. Recordemos que es el mismo Bayer el autor del revelador dossier sobre el genocidio de los obreros rurales de la Patagonia durante la presidencia de Yrigoyen (cf., Los vengadores de la Patagonia trágica, Buenos Aires, Galerna, t. I, 1972; t. II, 1972; t. III, 1974 y t. IV, 1978 —publicado en Alemania Federal) y de la biografía del anarquista italiano Di Giovanni (Severino Di Giovanni. El idealista de la violencia, Buenos Aires, Galerna, 1970).

9 Por “comunicatividad” de clase debe entenderse la elaboración de una conciencia unitaria que une a los trabajadores en torno a objetivos comunes, independientemente de las situaciones concretas, que son, por lo general, bastante diversas entre sí.

10 Sobre el papel de Enrico Malatesta en las polémicas internas del anarquismo y como difusor de los ideales del comunismo anárquico en el movimiento obrero rioplatense, véase la biografía de Max Nettlau, Enrico Malatesta. La vida de un anarquista, Buenos Aires, La Protesta, 1923, en especial el cap. XIV, y Oved, op. cit., pp. 17-21. Pero el análisis más exhaustivo de la relación entre el revolucionario italiano y el surgimiento del movimiento obrero en Buenos Aires durante los años 1885-1889 es el ensayo de Gonzalo Zaragoza Ruvira, “Enrico Malatesta y el anarquismo argentino”, en Historiografía y Bibliografía Americanistas, Sevilla, vol. XVI, núm. 3, diciembre de 1972, pp. 401-424. Sobre Pietro Gori, que arribó a Buenos Aires a mediados de 1898 y permaneció casi cuatro años en el país, véase el encendido elogio que le hace otro emigrado, Eduardo G. Gilimón, Hechos y comentarios, Buenos Aires-Montevideo-México, 1911, p. 32: “Y cuando entre ellos ha habido alguno, como Pedro Gori, de figura atrayente, de gestos elegantísimos y de una elocuencia florida y encantadora, deleitosa en la forma y profunda en el concepto, el éxito ha sido clamoroso y triunfal. En no pequeña parte débese el incremento del anarquismo a ese poeta, sociólogo, jurista, orador sin rival y hombre cariñoso, bueno, sin pose, que se llamó Pedro Gori. Su verbo atrajo a la juventud estudiosa e hizo sobreponer la tendencia anarquista a la socialista. Sin él, es posible que el Partido Socialista hubiera crecido a la par de las falanges anárquicas a pesar de contar el socialismo en su contra varios factores de importancia (¡sic!); Gori dio un impulso extraordinario al anarquismo en la Argentina, cuyo territorio recorrió en todas las direcciones, dando conferencias y captándose simpatías por su carácter, tanto como por su talento” (nosotros subrayamos). Véase también Oved, op. cit., pp. 106-110, que considera a Gori como “una personalidad impresionante y con una capacidad de propaganda excepcional”, siendo “su aporte a la corriente de los adictos a la organización muy valioso”. Sin embargo, y como correctamente advierte Oved, la actividad de Gori pudo ser tan importante porque contribuyó a aglutinar, o a consolidar, una tendencia hacia la organización de la actividad reivindicativa obrera que ya se había abierto paso en el seno de los trabajadores. “Una evidencia es el hecho de que el afianzamiento de los círculos ‘organizadores’ se cumplió en pocas semanas, y es difícil de suponer que surgió de la nada, por generación espontánea, o por influjo exclusivo de un solo propagandista como Pietro Gori” (p. 108). De todas maneras, es indiscutible el papel desempeñado por el anarquista y penalista italiano en la incorporación a la militancia social de un núcleo significativo de la joven inteligencia porteña, como Pascual Guaglianone, Félix Basterra, Alberto Ghiraldo y otros. Sobre la estadía de Gori en la Argentina, véase la extensa crónica de Jorge Larroca: “Un anarquista en Buenos Aires”, Todo es Historia, año IV, núm. 47, marzo de 1971, pp. 44-57.

11 El más ilustrativo es el caso del líder obrero chileno Luis Emilio Recabarren. Luego de una prolongada militancia en su país, Recabarren viaja en 1916 a la Argentina y participa allí activamente en el movimiento obrero y en el socialismo. Cuando en el interior del Partido socialista se opera la división provocada por la postura en favor de la guerra y de los aliados, adoptada por el bloque parlamentario y luego por la dirección del partido, Recabarren se inclina decididamente en favor de la tendencia de izquierda y en un congreso extraordinario (el 5 y el 6 de enero de 1918) decide formar el Partido Socialista Internacional (luego Partido Comunista). De igual manera, participó poco después en la creación de una corriente internacionalista en Uruguay. Aunque no siempre recordado así, Recabarren fue uno de los precursores del comunismo argentino y uruguayo, y el fundador, en 1922, del Partido Comunista de Chile. En Buenos Aires escribió, entre otros textos, dos ensayos motivados, sin duda, por las experiencias recogidas durante su militancia en el socialismo argentino: Lo que puede hacer la municipalidad en manos del pueblo inteligente y Proyección de la acción sindical, ambos aparecidos en 1917.


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