Praxis Digital


De una utopía a la otra (Anselm Jappe)

Este breve pero robusto  artículo, es de la más reciente producción de Jappe vertida al castellano.  Pensado para el último número de la revista del Grupo Surrealista de Madrid, Salamandra (número doble, 19 – 20), es una cuidada pieza para uno de los bloques temáticos de la reciente publicación: el problema de la utopía.  Su nombre se suma a otros tan conocidos como los de  Michael Löwy y Miguel Amorós, quizás alineables bajo el rotulo de marxianos  (o en el de marxista heterodoxo, para el caso de Löwy), por su adhesión a la teoría crítica o tal vez por su cierta actitud iconoclasta.

Hace veinte años que los Trenes de Alta Velocidad (TAV) comenzaron a extender su red de hierro sobre el territorio francés. En el coro de aprobación, organizada o espontánea se alzaron sin embargo las voces contrarias de pequeños grupos que expresaron sus reservas contra lo que ellos llamaban el “despotismo de la velocidad” (1).No formulaban objeciones de detalle, sino que atacaban con elocuencia a la sociedad que había producido la posibilidad, para ellos aberrante e inútil, de atravesar Francia entera en unas pocas horas. Evidentemente, para formular semejante juicio global, y globalmente negativo, sobre el modo de vida que ha hallado su expresión en el TAV, hace falta estar convencido de que es posible otro modo de vida muy distinto. A quien evoca tal posibilidad se le suele tildar de “utopista”, palabra que remite inmediatamente a los “socialistas utópicos”, el más célebre de los cuales sigue siendo Charles Fourier.
Este panfleto contra el TAV suscitó como réplica otro escrito, obra de un grupo de personas que también pretendían ser bastante críticas con la sociedad establecida en nombre de una concepción distinta de la vida en común. Y su concepción reivindicaba, esta vez abiertamente, la filiación utópica y la de Fourier en particular, saliendo en defensa del TAV, en el que veían cumplida una de las previsiones de Fourier sobre el glorioso futuro de una humanidad «armoniosa »: unos leones enormes y dóciles, los «anti-leones», según había anunciado Fourier, transportarían a los viajeros de una punta a la otra de Francia en apenas unas horas, e incluso de Montmartre a Esmirna en treinta y seis horas.
Estos utopistas contemporáneos no llegaron al extremo de recurrir al anti-león para justificar la manipulación genética o los cyborg, ni evocaron tampoco la transformación del mar en limonada, otra de las previsiones del utopista de Besançon. No obstante, esta polémica entre dos enfoques (que quizá no reconozcan la existencia de ningún terreno común) demuestra al menos que la «utopía» no siempre se encuentra de parte de la crítica del orden establecido, y que también puede servir para defenderlo.
La utopía suele evocar la idea de una sociedad radicalmente distinta a la actual, y por añadidura mucho mejor, lo que implica en sí mismo que la sociedad existente no es buena. Como es sabido, Marx y Engels pretendían haber superado el «utopismo», considerado como una etapa infantil del pensamiento socialista, y haberlo reemplazado por una concepción «científica». A lo largo de las últimas décadas y tras el naufragio del marxismo tradicional, en ocasiones hemos visto la reaparición de referencias positivas a la «utopía» por parte de la izquierda, como puede constatarse, por ejemplo, en el Dictionnaire de l’utopie publicado en el año 2002 (2). Sin embargo, lo más habitual es que la utopía tenga mala prensa, y tanto en el lenguaje cotidiano como en las discusiones públicas este término sirve ante todo para descalificar al adversario. En el mejor de los casos, se equipara a «soñar con cosas que quizás sean simpáticas pero que son imposibles», a «ser ingenuo, a carecer de sentido de la realidad». Con frecuencia se va más allá y se dice que el pensamiento utópico conduce directamente al terror. Se supone que a todo aquel que imagine una forma de existencia colectiva radicalmente distinta a la existente ha de tentarle acto seguido tratar de imponerla por la violencia incluso a quienes no la desean, y la resistencia que los hombres y la simple realidad oponen a aquellos que creen posible remodelarlos a corto plazo y de los pies a la cabeza provocaría una escalada del terror. Así pues, los crímenes estalinistas y maoístas se deberían esencialmente a la tentativa de hacer realidad unas utopías. Desde esta perspectiva, la «utopía» suele calificarse de «abstracta»: se trataría de construcciones puramente mentales, de filosofías concebidas en el vacío por gentes posiblemente dotadas de gran capacidad para la lógica pero con muy poca experiencia concreta de los hombres reales y del mundo tal cual es. La utopía se caracterizaría, pues, por no tener en cuenta la verdadera naturaleza del hombre y por la pretensión de mejorarlo a partir de una idea preconcebida de como debería ser. Así, el utopista creería saber mejor que los propios hombres lo que les conviene. Mientras sueñe despierto en su buhardilla (como Fourier) o en su prisión (como Campanella, el autor de La ciudad del Sol), el utopista todavía es inocente, pero cuando las circunstancias históricas le permiten intentar rehacer la realidad de acuerdo con sus ideas abstractas, la tragedia está garantizada. La violencia sería inmanente a la propia teoría utopista y a su desdén por los hombres reales y sus defectos; los esfuerzos sangrientos realizados para plasmar la teoría en la realidad no harían sino traducir en actos la violencia inherente a la perspectiva utópica. Este rechazo de la utopía presupone una antropología que se las da de desengañada, incluso de pesimista, pero a la vez de rigurosamente realista, y que se resume en la frase de Kant, «A partir de una madera tan retorcida como aquella de la que está hecho el hombre es dudoso que pueda tallarse nunca nada cabalmente recto», que el pensador liberal inglés Isaiah Berlin escogió como título para una de sus obras. Otros liberales, sobre todo ingleses, han situado el origen del totalitarismo utópico en Platón (Karl Popper) (3) o en los milenaristas medievales (Norman Cohn) (4).De eso se trata, claro: los principios mismos de la utopía serían totalitarios, y conducirían lógicamente a proclamaciones como la de los revolucionarios rusos («Obligaremos a los hombres a ser felices») y al intento de crear el «hombre nuevo», que produjeron una de las mayores catástrofes de la historia. Las vanguardias artísticas también participan de ese totalitarismo que se originó en la creencia de que había llegado la hora de rehacer el mundo, como afirman Jean Clair (5) y Boris Groys (6).Para este último, los vanguardistas rusos, lejos de ser víctimas de Stalin, fueron los precursores de la tendencia revolucionaria que considera el mundo como una arcilla moldeable, como una obra de arte completamente nueva concebida más allá de toda tradición, de todo sentido del límite y de todo sentido común.


Este pensamiento anti-utópico se erige en defensor de la  complejidad y de la ambigüedad constitutiva de la existencia humana frente a las abstracciones de la razón y los delirios de una imaginación calenturienta. Pretende proteger a la «naturaleza humana», inmutable o al menos refractaria a todo cambio rápido, de aquellos que se proponen reeducarla y corregirla.

Es muy propio de esta polémica recopilar ciertos rasgos del totalitarismo estatista que tanto abrumaron al siglo XX, pero de ser igualmente aplicable —a despecho de sus intenciones— al orden social que defiende, la democracia liberal y la economía de mercado. El pensamiento anti-utópico se presenta como paladín del hombre tal cual es, con todas sus limitaciones, frente a quienes quieren obligarle a ser distinto. Y sin embargo, si existe una utopía que haya sido efectivamente realizada en los dos últimos siglos, esa ha sido sin duda la utopía capitalista. El capitalismo «liberal» siempre se ha presentado como «natural», ya que, según él, no hace sino dar cumplimiento a las aspiraciones eternas del hombre, que persigue siempre y en todas partes su beneficio individual. Como viene repitiéndose desde que en el siglo XVIII lo anunciaron Mandeville y Adam Smith, el hombre es fundamentalmente egoísta, pero si no se perturba la concurrencia de egoísmos, ésta acaba dando lugar a la armonía de la «mano invisible». El capitalismo no haría sino seguir la inclinación innata de todos los hombres a «maximizar» sus beneficios y sus goces, y sería, por tanto, la única sociedad que no violenta la «naturaleza humana» en nombre de un principio superior.

Pero de ser así, ¿cómo es que el capitalismo ha tenido que imponerse casi siempre por la fuerza a poblaciones recalcitrantes? Ya se trate de los campesinos y artesanos ingleses que acabaron convirtiéndose en los primeros proletarios de las fábricas del siglo XVIII o de los indios latinoamericanos de hoy, lo cierto es que los hombres han rechazado en muchas ocasiones los beneficios del «progreso». Para tratarse del orden socioeconómico más próximo a la naturaleza humana, como suele afirmar, el capitalismo ha tenido que luchar tenazmente para forzar a los hombres a obedecer a su propia «naturaleza». Toda la historia del capitalismo está repleta de quejas sobre el carácter «conservador» de las poblaciones que pretendía convertir a sus ventajas, y sobre su apego a las tradiciones y su falta de ganas de cambiar de modo de vida. En casi todas partes, tanto las capas populares en Europa como los pueblos extra-europeos defendieron modos de vida comunitarios gobernados por ritmos naturales y lentos, por solidaridades y por la reciprocidad del don, por códigos de honor y la búsqueda del prestigio en lugar de la riqueza abstracta, por una moral economy (Edward Thompson) y una common decency (Georges Orwell). Naturalmente, estas formas de vida no estaban en absoluto exentas de injusticia y violencia, pero los hombres casi nunca renunciaron a ellas por propia voluntad para abrazar ese modo de vida tan  «natural» que se basa exclusivamente en la búsqueda del beneficio individual, único valor realmente existente en la sociedad capitalista. Además de las rebeliones abiertas, son infinitos los actos cotidianos que dan fe de la resistencia, muchas veces muda, que casi todos los hombres oponen en un momento u otro de su jornada a la utopía invisible de una sociedad completamente capitalista. Marcel Mauss  fue uno de los primeros en analizar este fenómeno en su célebre Ensayo sobre el don (1924), al que siguieron hasta llegar al día de hoy numerosos estudios. Desde sus primeras formulaciones, hacia finales del siglo XVII, el capitalismo se basó efectivamente en una determinada visión del hombre y en una antropología muy particular: la del homo oeconomicus. Sin embargo, en un principio esta visión no era en modo alguno natural, y sólo empezó a parecerlo tras haber sido inculcada mediante la violencia y la seducción durante varios siglos. El homo oeconomicus es la mayor utopía realizada de la historia, y su duración y difusión geográfica superan de lejos a las utopías estatistas asesinas que denuncia la utopía del mercado. Quien quiera criticar el mal contemporáneo no necesita encomendarse a «utopías»: basta, para empezar, con denunciar la «utopía negra» de un mundo completamente sometido a la razón económica que nos domina desde hace más de doscientos años. Quizá sea una «utopía ingenua» creer que la humanidad puede vivir sin propiedad privada, jerarquías, dominación y explotación, pero lo que es indudable es que creer que la vida puede seguir basándose por más tiempo en el dinero, la mercancía y la compraventa es una utopía terrible, cuyas consecuencias están ya ante nuestros ojos.

 

ANSELM JAPPE                     

 

Traducción de Federico Corrientes y Jose Manuel Rojo

 

NOTAS:

 

1. Alliance pour l’opposition à toutes les nuisances, Relevé provisoire de nos griefs contre le despotisme de la vitesse à l’occasion de l’extension des lignes du TGV (1991), panfleto reeeditado en 1998 por Éditions de l’Encyclopédie des Nuisances, Paris (Contra el despotismo de la velocidad, 1991, Ed. Virus)

2. Bajo la dirección de Michèle Riot-Sarcey, ed. Larousse.

3. La Société ouverte et ses ennemis, tomo 1: L’Ascendant de Platon, Le Seuil, 1979 (La sociedad abierta y sus enemigos, Ed. Paidós 2006).

4. Les fanatiques de l’Apocalypse. Courants millénaristes révolutionnaires du XIe au XVIe siècle, avec une postface sur le XXe siècle, Julliard, 1962 (En pos del milenio. Revolucionarios milenaristas y anarquistas místicos de la Edad Media, Alianza Editorial, 1989).

5. La responsabilité de l’artiste. Les avant-gardes entre terreur et raison, Gallimard 1997 (La responsabilidad del artista: las vanguardias, entre el terror y la razón, Ed. Visor, 1998).

6. Staline, oeuvre d’art totale, Jacqueline Chambon, 1990 (Obra de arte total Stalin, Editorial Pre-Textos, 2008).


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