Praxis Digital


Dos textos sobre Jean Malaquais
febrero 16, 2014, 11:57 pm
Filed under: Comunismo, Malaquais, proletarios

 Wladimir Jan Pavel Malacki, o  Jean Malaquais

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1. León Trotsky: Un nuevo gran escritor. Sobre “Los Javaneses”, de Jean Malaquais

 Es bueno que exista en el mundo el arte, así como es bueno que exista la política. Es bueno que la potencia del arte sea tan inagotable como la vida misma. En cierto sentido, el arte es más rico que la vida porque puede aumentarla o disminuirla, recurrir a los colores brillantes o, por el contra­rio, conformarse con el lápiz gris, presentando al mismo objeto en todos sus aspectos, arrojando sobre él distintas luces. Sólo hubo un Napoleón; pero sus representaciones artísticas son legión.

La fortaleza de Pedro y Pablo y otras prisiones zaristas me pusieron en contacto tan íntimo con los clásicos franceses que durante más de tres décadas seguí siendo un lector bas­tante regular de las más notables novelas francesas modernas. Hasta en los años de la guerra civil yo tenía alguna novela francesa en mi tren militar. Después, en el destierro de Constantinopla, llegué a formar una modesta biblioteca de novelas francesas recientes. Fue devorada por las llamas junto con mis otros libros en marzo de 1931.

Sin embargo, en los últimos años el interés que sentía dichas novelas se ha desvanecido casi por completo. Los acontecimientos que ocurrían en la tierra e incidentalmente sobre mi propia cabeza, eran demasiado abrumadores. Lo referente al arte empezó a parecerme insípido y casi trivial. Leí unos cuantos de los primeros volúmenes de la épica de Jules Romains. Pero los últimos, especialmente aquéllos que retratan la guerra, me impresionaron como un informe vacuo. Al parecer, ningún arte puede abarcar íntegramente la guerra. En la mayoría de los casos la pintura de las batallas es del todo superficial. Pero no es cuanto cabe decir al respecto. Del mismo modo que una alimentación excesivamente condimen­tada estraga el paladar, la acumulación de hecatombes histó­ricas arruina el gusto por la literatura. Con todo, hace unos días tuve nuevamente ocasión de repetir: Es bueno que exista el arte en el mundo.

Jean Malaquais, un escritor francés desconocido para mí me hizo llegar un libro enigmáticamente titulado, Les Javanais. La novela está dedicada a André Gide. Esto me puso un poco en guardia. Gide se ha ido demasiado lejos de nosotros junto con la época que reflejaba en sus disquisiciones circunspectas y ociosas. Aún sus últimos libros, no obstante su interés, se leen como aportes humanos de un pasado irrevocable. Pero las primeras páginas, no más, me convencieron claramente de que Malaquais no estaba en deuda con Gide. Es, en verdad, del todo independiente. Y ahí está su fuerza, en especial ahora, cuando cualquier clase de dependencia se ha convertido en regla. El nombre de Malaquais no me decía nada, a no ser cierta calle de París. Les Javaneses es su primera novela; sus otros libros se anuncian aún como libros “en preparación”. Sin embargo, esta primera obra produce inmediatamente la idea de que el nombre de Malaquais quedará.

El autor es joven y apasionadamente enamorado de la vida. Pero sabe ya cómo mantener la indispensable distancia artística entre la vida y él; una distancia suficiente para impedirle sucumbir a su propia subjetividad. Amar la vida con el afecto superficial del diletante -y hay diletante de mérito la vida lo mismo que del arte- no es mucho mérito. Amar la vida con los ojos abiertos y un sentido crítico cabal, sin ilusiones, sin adornos, tal como es, con lo que ofrece, y aún más, con lo que puede llegar a ser, esto es la proeza de un tipo. Fijar este amor a la vida con expresión artística sobre todo cuando se refiere al estrato social más bajo, esto significa una gran obra de arte.

Por el sur de Francia doscientos hombres extraen estaño y plata de una mina virtualmente exhausta de propiedad de un inglés que no desea invertir más dinero en un nuevo equipo. La región está llena de extranjeros perseguidos, sin documen­tos ni autorizaciones y al margen de la policía. No son exi­gentes en cuanto a las condiciones de vida y de seguridad en el trabajo. Están dispuestos a trabajar por cualquier salario. La mina y su población de parias forman un mundo aparte, una especie de isla, que se llegó a llamar “Java”, probable­mente porque los franceses acostumbran a dar el nombre de “Javanesa” a cualquier cosa incomprensible o exótica.

Casi todas las nacionalidades de Europa y no únicamente de Europa, están representadas en esta Java. Rusos blancos, polacos de temperamento extraño, italianos, españoles, grie­gos, checos, eslovacos, alemanes, austriacos, árabes, un armenio, un chino, un negro, un judío ucraniano, un finés… En toda esta banda heterogénea hay un solo francés, un infeliz paté­tico, que sostiene en alto el pabellón de la Tercera República. En las barracas recostadas contra los muros de una fábrica consumida hace mucho por el fuego, viven treinta célibes, que maldicen en distintos lenguajes. Las mujeres de los otros, traí­das también de todas partes del mundo, no hacen más que aumentar la confusión de esta Babel.

Los javaneses desfilan a nuestros ojos, reflejando cada uno su perdida tierra natal, convenciendo cada uno con su personalidad (y por lo menos sin aparente ayuda del autor), parado cada uno sobre sus propios pies. El austríaco Karl Affiller, añora a Viena mientras se harta de conjugaciones inglesas; el hijo del Contraalmirante naval Ulrich von Taup­fen, Hans, ex oficial asimismo de la marina alemana y par­tícipe de la insurrección de Kiel; el armenio Albudizian, que por primera vez en su vida come y bebe hasta hartarse y emborracharse en Java ; el agrónomo ruso Bielsky, con su mujer media loca y su hija estúpida; el viejo minero Ponzo­que perdió a sus hijos en una mina de su Italia nativa y que habla con igual gusto a un muro o a una piedra del camino que a un compañero de trabajo; el “doctor Magnus” que dejó la Universidad de Ucrania justamente antes de graduarse para no vivir como los demás; el   negro americano Hilary Hodges, que cada domingo lustra sus zapatos de charol –memento del pasado- y que nunca se pone; el ex tendero ruso, Blutov, que se dice antiguo general para pescar clientes de su futuro res­taurante; aunque en verdad muere antes de que empiece la acción de la novela, deja una viuda que adivina el porvenir.

Restos de familias deshechas, aventureros, soldados acci­dentales de revoluciones y contrarrevoluciones, astillas de catás­trofes nacionales, refugiados de toda clase, soñadores y ladro­nes, héroes y cobardes, gente sin raíz, hijos pródigos de nuestro tiempo: tal es la población de Java, “una isla flotante amarrada a la cola del diablo”. Tal como dice ven Taupfen, “no hay una pulgada de tierra en toda la superficie del globo donde se pueda poner el pie; fuera, de eso tú eres libre; más allá del límite, más allá de todos los límites”. El brigadier Carboni, ca­tador de buenos cigarros y buenos vinos, hace la vista gorda en lo que se refiere a los habitantes de esta isla. Momentáneamente, pues, se hallan, “fuera de todos los límites”. Pero esto no les impide vivir a gusto. Duermen en jergones de paja, a menudo sin desvestirse; fuman mucho; beben mucho; comen solamen­te pan y queso para poder beber más; raras veces se lavan, huelen pesadamente a sudor, tabaco y alcohol.

La novela no tiene figura central ni trazas de plan. En cierto sentido, el propio autor es el héroe; pero no aparece en escena. La historia cubre un período de varios meses y como la vida misma se compone de episodios. No obstante el exotismo del ambiente la novela está, lejos del folklore, la etnografía o la sociología. Es una novela genuina, un trozo de vida convertido en arte. Podría pensarse que el autor escogió deliberadamente una “isla” solitaria para pintar con más claridad los caracte­res y las pasiones humanas. Pero su significación es igual allí que en cualquier estrato de la sociedad. Esta gente ama, odia, llora, recuerda, aprieta sus dientes. Ahí está el nacimiento y solemne bautizo de una criatura del matrimonio polaco Warski, ahí está la muerte, la desesperación de las mujeres, los en­tierros; y por último, el amor de una prostituta por el doct­or Magnus que hasta entonces no había conocido mujer. Un episodio tan patético que sugiere el melodrama, de no salvar el autor el escollo con honra dentro del orden que se ha impuesto.

A través del libro transcurre la historia de dos árabes: los primos Alahassid ben Califa y Daud Jalima. Violando la ley de Mahoma beben vino una vez a la semana, los domingos; pero lo hacen con sobriedad, sólo tres litros, para no dejar de aho­rrar los 5.000 francos que necesitan para volver a la región de Constantina donde están sus familias. No son verdaderos Ja­vaneses, sino incidentalmente. Sucede que Alahassid muere en un deslizamiento de la mina. La historia del intento de Dau para sacar su dinero ahorrado del Banco es inolvidable. El árabe espera durante horas, suplica, no se da por vencido vuelve a esperar pacientemente. Por último se le quita la libreta de ahorros, porque está a nombre de Alahassid, el único de los dos que sabía, firmar. Esta tragedia minúscula está soberbiamente contada.

Madame Michel, la dueña de la taberna, se hace rica con esta gente. Sin embargo, no les guarda cariño y los desprecia. No sólo porque es incapaz de comprender su cháchara bulliciosa, sino también porque son demasiado pródigos en las propi­nas. Llegan y se van con demasiada facilidad y nadie sabe adónde: gente ligera que no merece confianza. Junto a la taberna ocupa desde luego un lugar importante en la vida Java el burdel más próximo. Malaquais lo describe detalladamente sin compasión; pero al mismo tiempo de modo muy humano.

Un minero convertido en gran artista

Los javaneses miran el mundo desde abajo, pues ellos mismos fueron arrojados de espaldas al abismo de la sociedad; por lo demás, deben  seguir así en la mina para extraer mejor el material. Lo que constituye una perspectiva singular. Malaquais conoce muy bien sus leyes y sabe aplicarlas. El trabajo en la mina está descrito sobriamente, y sin detalles tediosos, con notable vigor. Ningún simple artista observador podía hacerlo de este modo aunque hubiese bajado diez veces a la mina en busca de esos detalles técnicos, que escritores como Jules Romains, por ejemplo, gustan lucir. Sólo un antiguo minero convertido en gran artista podía hacerlo.

Aunque con implicaciones sociales, esta novela no tiene de ninguna manera carácter tendencioso. No trata de probar nada ni de hacer propaganda, como tantas producciones de nuestra época, sometidas a órdenes aun en la esfera del arte. La novela es “sólo” una obra de arte. Sin embargo, sentimos a cada paso las convulsiones de nuestra época, la más grandiosa y más monstruosa; la más significativa y la más despótica que se co­noce en la historia humana. Una combinación del lirismo re­belde de la personalidad con la épica feroz de nuestro tiempo crea tal vez el mayor encanto de este trabajo.

El régimen legal descrito dura años. El gerente inglés tuer­to y manco, siempre borracho, arregla las dificultades con la policía, obsequiando a sus representantes con vino y cigarros. Los javaneses sin documentos siguen trabajando en las peligro­sas galerías de la mina, emborrachándose en la taberna de Madame Michel y ocultándose tras los árboles cada vez que se dan con los gendarmes, nada más que para ponerse a salvo. Pero todo tiene su fin.

El mecánico Karl, hijo de un panadero de Viena, deja su trabajo voluntariamente, derrocha su tiempo paseándose por la playa bajo el sol, escuchando las olas del mar y hablando con los árboles del camino. Obreros franceses trabajan en una fábrica vecina. Tienen sus casitas con agua y electricidad, po­llos, conejos y hortalizas. Karl, como la mayor parte de los ja­vaneses mira este mundo ordenado sin envidia, más bien con algún desprecio. “Han perdido el sentido del espacio; pero han ganado el de la propiedad.” Karl corta una rama y azota el aire con ella. Siente ganas de cantar. Le falta voz; de modo que silba. Entretanto, en un pozo de la mina dos hombres mue­ren: el ruso Malinov, que presumía de haber combatido bolcheviques en Nijni Novgosod y el árabe Alahssid ben Califa. El caballero Yacovlev, sobresaliente ex alumno del Conser­vatorio de Moscú, roba a la vieja hechicera, Sofía Fedorovna, viuda del que se pretendía general, y que había acumulado va­rios miles de francos. Karl lo había visto por casualidad a tra­vés de la ventana abierta y Yacovlev lo golpea en la cabeza con un garrote. Así la catástrofe o una serie de catástrofes sobrevienen en la vida de Java. La desesperación de la vieja no conoce límites y llega a producir náuseas. Vuelve la espalda al mundo; responde con reniegos a las preguntas de la policía, permanece en el suelo sin comer ni dormir un día, dos tres, agitándose sobre sus excrementos rodeada por un enjambre de moscas.

El ladrón hace circular una noticia de los periódicos: ¿dón­de están los cónsules? ¿Por qué no hacen nada? El gendarme Carboni recibe una circular instruyéndole acerca de la nece­sidad de vigilar estrictamente a los extranjeros. El licor y los cigarros de John Kerrigan dejan de surtir efecto. “Estamos en Francia, señor gerente, y debemos cumplir la ley francesa” El gerente se ve obligado a telegrafiar a Londres. Recibe orden de cerrar la mina. Java deja de existir. Los javaneses se dis­persan para meterse en otras covachas.

El amor de Malaquais al hombre

Los remilgos literarios son ajenos a Malaquais; no evita las expresiones fuertes ni las escenas enfadosas. La literatura con­temporánea, especialmente la francesa, está por regla general más libre al respecto que la naturalista del tiempo de Zola, condenada por los puristas. Sería pedantería ridícula decir que esto es bueno o malo. La vida se ha hecho más desnuda y despiadada desde la guerra mundial, que destruyó no sólo muchas catedrales sino también muchas convenciones; la literatura tiene más remedio que adaptarse a la vida. Pero en qué difieren entre Malaquais y cierto escritor que se hizo famoso hace algunos años, con un libro de crudeza excepcional. Me refiero a Celine. Nadie había escrito antes que él con tanta obstinación fisiológica sobre las necesidades y funciones del pobre cuerpo humano. Pero la mano de Celine era guiada por un emponzoña­do agravio que le hacía calumniar al hombre. El artista, mé­dico de profesión, se dijera que deseaba convencernos de que el ser humano, impelido a funciones tan bajas, no se distinguía de un asno o de un perro, excepto por una mayor astucia qui­zás y un mayor espíritu de venganza. Esta odiosa actitud ante la vida cortó las alas del arte del autor: no fue más allá de su primer libro. Casi al mismo tiempo que Celine otro escéptico se hizo famoso, Malraux, que también buscaba justificar su pe­simismo; pero no abajo, en la fisiología, sino arriba, en las ma­nifestaciones del heroísmo humano. Malraux hizo uno o dos libros importantes. Pero carece de médula. Siempre anda bus­cando una fuerza externa en qué descansar, alguna autoridad establecida. La falta de independencia creadora ha echado a perder sus últimos libros con el veneno de lo falso, malográn­dolos.

Malaquais no teme lo bajo y lo vulgar de nuestra natura­leza, porque a pesar de todo, el hombre posee genio creador, pasión, heroísmo, lo que está lejos de ser estéril. Como todos los verdaderos optimistas, Malaquais ama al hombre por sus facultades potenciales. Gorki dijo una vez: “El hombre -¡esto suena a soberbio!”. Quizás Malaquais no repetiría una exclama­ción tan didáctica. Sin embargo, es precisamente la actitud que observa hacia el hombre en su novela. El talento de Malaquais tiene dos aliados seguros: el optimismo y la independencia.

Acabo de recordar a Máximo Gorki, otro cantor de los va­gabundos. El paralelo surge de por sí. Tengo presente en forma vívida cómo el mundo lector se sintió asombrado por la primera gran historia corta de Gorki, Chelkash en 1895. El joven vagabundo saltaba de pronto desde los bajos fondos de la sociedad a la arena de la literatura hecho un maestro. En sus últimos escritos Gorki no ha superado esencialmente aquel primer cuen­to. Malaquais no asombra menos que Gorki con el acierto de su primera salida. Imposible decir de él que es un escritor que promete. Es ya un artista consumado. En las antiguas escuelas los principiantes debían pasar por terribles pruebas -golpes, intimidaciones, vituperios- antes de recibir el temple preciso en el plazo más breve. Pero Malaquais como Gorki, fue armado por la vida misma. La vida los lanzó, los hizo rodar por la tierra y después de una preparación semejante los reveló maes­tros consumados en el campo de las letras.

Con todo, ¡qué diferencia enorme entre sus épocas, sus hé­roes artísticos! Los vagabundos de Gorki no son los desechos de la vieja cultura urbana, sino los campesinos de ayer aún no asimilados por la nueva urbe industrial… Los vagabundos de la era creciente del capitalismo están marcados por un signo pa­triarcal y casi ingenuo. Rusia, políticamente joven en aquel tiempo, estaba encinta de su primera revolución. La literatura se alimentaba de ansiosas esperanzas y exagerados entusiasmos. Los vagabundos de Gorki están embellecidos por el romanti­cismo prerrevolucionario. No ha pasado en vano medio siglo desde entonces. Rusia y Europa han vivido una serie de con­mociones políticas y la más terrible de las guerras. Los grandes acontecimientos aparejan grandes experiencias, principalmen­te, las amargas experiencias que siguen a las derrotas y a los desengaños. Los vagabundos de Malaquais son el producto de una civilización madura. Miran al mundo con ojos menos asom­brados, más prácticos. No son nacionales, son cosmopolitas. Los vagabundos de Gorki iban del Mar Báltico al mar Negro o hasta Sajalin. Los javaneses no conocen límites nacionales; se sienten lo mismo extraños o at home en las minas de Argelia, en los bosques de Canadá que en los cafetales del Brasil. El liris­mo de Gorki era melódico, a veces sentimental y con frecuencia declamatorio. El lirismo de Malaquais, no menos intento en lo esencial, es más sobrio en la forma y más disciplinado por la ironía.

La literatura francesa, conservadora y exclusiva como ha sido siempre, tarda en asimilarse las nuevas formas que ella misma ha creado para el mundo y se resiste a la influencia extranjera. Sólo desde la guerra una corriente cosmopolita penetra en la vida francesa. Los franceses han empezado a viajar con más frecuencia, a estudiar geografía e idiomas extranjeros. ­Maurois trajo a la literatura reciente al inglés estilizado: Paul Morand, los clubes nocturnos del mundo. Pero este cosmopoli­tismo lleva el sello indeleble del turista. Todo lo contrario su­cede con Malaquais. Malaquais no es un turista. Viaja de un país a otro de un modo que desaprueban las compañías de fe­rrocarriles y las autoridades policiales. Ha rodado por todas las latitudes geográficas, trabajando donde podía. Fue perse­guido, sufrió hambre y absorbió las impresiones del mundo jun­to con las emanaciones de las minas, y de las tabernas baratas, donde los parias internacionales gastan generosamente sus mez­quinos salarios.

Malaquais es un auténtico escritor francés; es un maestro dentro de la técnica francesa de la novela -la más alta del mundo- para no mencionar la perfección de su lenguaje. Y, sin embargo, no es un francés. Ya me lo imaginaba mientras leía la novela. No porque el tono de su narrativa dejara sentir a un extranjero, a un observador desde fuera. De ningún modo. Cuando aparecen franceses en las páginas de su libro son fran­ceses genuinos. Pero en el arrimo del autor no sólo a Francia, sino a la vida en general, se siente al “javanés”, a uno que ha salido de, “Java”. Esto no pasa con los franceses. A pesar de todos los acontecimientos que conmovieron al mundo en el úl­timo cuarto de siglo, los franceses continúan siendo sobradamen­te sedentarios, demasiado estables en sus costumbres, en sus tra­diciones para poder ver el mundo con los ojos de un paria. En respuesta a una carta que le escribí al respecto, el autor me con­testó que era de ascendencia polaca. Debía haberlo adivinado sin preguntar. La novela empieza con el esbozo de un joven po­laco, casi un adolescente de pelo pajizo, ojos azules, ávido de sensaciones, con el buche vacío y la mala costumbre de sonarse las narices con los dedos, Manieck Bryla. Sale de Varsovia acos­tado entre las barras de un coche corredor soñando llegar hasta Tombuctú. Si no se trata del propio Malaquais es su hermano en sangre y espíritu. Manieck anduvo vagando más de diez años. Aprendió muchas cosas; maduró; pero sin perder nunca la frescura de su espíritu. Al contrario, acumulando una sed insaciable de vivir que se hace por demás evidente en este pri­mer libro. Aguardamos uno nuevo. Sin duda, el pasaporte de Malaquais aún no está en forma. Pero la literatura le ha con­cedido ya todos los derechos inherentes a la ciudadanía.

Coyoacán, 7 de agosto de 1939

El escritor N. Mailer abraza a Malaquais

2. Guy Sabatier: Salud amigo y compañero Jean Malaquais.

Pasados tres años después de prácticamente veinte de olvido (publicación de su tesis sobre Kierkegaard en 1971), los media (televisión, radio, prensa…) habían redescubierto la existencia de un escritor llamado Jean Malaquais. Efectivamente, ediciones Phébus tuvo el mérito de hacer reaparecer su novela “Les Javanais”, premio Renaudot en 1939; luego su “Journal de guerre” (seguido por el inédito “Journal du Métèque”) cuya impertinencia referente a la Francia “putainiste” había impedido hasta entonces su reedición en nuestra querida patria de los derechos del hombre… cuando resulta ¡que había sido publicada en francés en Nueva York tras la guerra!

Devorado por el cáncer, Jean Malaquais nos ha dejado el 22 de diciembre 1998, en Ginebra, donde residía con su compañera Elisabeth. Según su propia expresión, “ha apartado definitivamente la escalera”…

Esto no impedirá que ediciones Phébus siga reeditando sus otras novelas, como por ejemplo “Planète sans visa” (aparición prevista para abril de este año) y “Le Gaffeur”. Por otra parte otros editores publicarán su correspondencia con André Gide y sin duda su obra de teatro “La Couerte paille” que una compañía prepara para su puesta en escena. En cuanto a ediciones Syllepse, ha reproducido el panfleto que ya habían sacado los “Cahiers Spartacus”, revista animada por René Lefeuvre en febrero de 1947: “Le nommé Louis Aragon ou le patoite professionnel”.

El amigo que acaba de desaparecer y que ya cruelmente nos falta, rechazaba formar parte, a pesar de su talento para la novela, de los grupos literarios que se congratulan en los salones con la moda o sobre el plató de televisión (sobrepasados los 90 años, en la habitación hospitalaria, superando su sufrimiento, retoca hasta el fin el texto de “Planète sans visa” en vistas a su reedición). Nunca quiso escribir novelas “de tesis”, aquello que había comprendido León Trotsky cuando comentaba “Les Javanais” en estos términos:

“Aunque posee una dimensión social, la novela en ningún caso tiene un carácter tendencioso. No quiere demostrar nada, ninguna propaganda, al contrario de tantas obras de nuestra época que en demasía obedecen a dictados, incluso en el dominio del arte. La novela de Malaquais es “solamente” una obra artística. Y, al mismo tiempo, percibimos a cada paso las convulsiones de nuestra época, la más grandiosa y la más monstruosa, la más crucial y la más despótica, que haya conocido hasta aquí la historia humana. La unión de un lirismo personal refractario y de una poesía épica violenta, aquella de su tiempo, forman, quizás, el encanto principal de esta obra”1.

Jean era también un compañero que después de los años 1920 había pertenecido a diversas corrientes de la izquierda comunista internacionalista, las cuales se oponían no solamente al estalinismo sino que criticaban ante todo a sus factores, como Lenin y los bolcheviques, que había ocasionado la degeneración de la revolución rusa. Nacido en Varsovia, el 11 de abril 1908, en una familia de origen judío, pero totalmente agnóstico (su verdadero nombre era Vladimir Malacki), había dejado Polonia después del bachillerato y, después de un largo periplo como vagabundo para descubrir el mundo, había alcanzado Francia en 1926 la cual, en su imaginación de joven, le parecía encarnar el país de las ideas revolucionarias. Este “meteco”, com se calificaba él mismo, iba pronto a quedar decepcionado por aquella autodenominada “tierra de asilo”:

“El estalinismo lo asquea todo tanto como el ambiente nacionalista y xenófobo que reina en Francia. Gravita alrededor de la Liga comunista trotkista dirigida por Rosmer, Franck, Naville, pero no se compromete, a diferencia de su amigo Marc Chirik2. Hacia 1933, Vladimir Malacki que se hacía llamar Jean Malaquais (como un muelle de París), toma contacto con los grupos revolucionarios a la izquierda del trotskismo: “Union Communiste” de Chazé, bordiguistas italianos de “Bilan” inmigrados a Francia y Bélgica (Ottorino Perrone, Otello Ricerri, Bruno Zecchini)”3.

Durante este período, después de haber trabajado en una mina de plomo y de plata (sud de Francia, cerca de Hyères) y rodeado por muchos explotados que hablaban todas las lenguas del mundo (serán los “héroes de su novela “Les Javanais”), se ve empujado a hacer toda clase de pequeños trabajos y se encuentra a la deriva en París sin tener un domicilio fijo (a menudo dormirá bajo los puentes de la “ciudad de la luz”).

“En 1936 sale hacia España al estallar la revolución; establece contacto con las milicias del POUM y la columna Lenin, dirigida por los disidentes bordiguistas italianos como Enrico Russo. Un día tiene la mala suerte de encontrarse de cara con Ilya Ehrenburg, escritor estalinista promovido jefe de brigada internacionalista. Está a punto de ser ejecutado como “agente fascista” y provocador. Consigue regresar a Francia. Entra en contacto con Victor Serge y Ciliga, huidos del Goulag estalinista”4.

Refugiándose en la biblioteca Sainte‑Geneviève hasta la tardía hora de cierre, lee mucho y aprende no solamente a familiarizarse sino también a dominar la lengua francesa. Habiéndose ganado la simpatía de André Gide, a causa de una correspondencia crítica sobre la condición del escritor en relación a la de los trabajadores obligados a ganarse cada día su pan y alienados por la fatiga del trabajo, es gracias a él que se lanza a la redacción de “Les Javanais” (cuidados médicos, dinero, préstamos para la casa).

Durante la guerra, después de haber sido movilizado en la línea Maginot, cae prisionero en la ofensiva alemana de 1940, pero consigue escapar y pone los pies en Marsella con su compañera rusa Galy. Allí forma parte del grupo de intelectuales refugiados que huyen del nazismo (Breton, Péret, Victor Serge…) y trabaja en la cooperativa obrera denominada “le croque‑fruit” dirigida por trotskistas. Criticando la explotación es despedido en compañía de su amigo Marc Chirik. Gracias al Comité de ayuda a los intelectuales y sobretodo al sostén indefectible de Gide, acaba por obtener un visado para sud‑América. Escapa a las redadas de los nazis embarcándose para Venezuela, más tarde hacia México. Allí, los revolucionarios en el exilio se pelean y desgarran: a consecuencia de las posiciones oportunistas de Victor Serge, que quiere crear un “frente democrático” en lugar de denunciar la guerra imperialista en los dos campos, Jean rompe brutalmente con él5. En 1946, le es concedido un visado para los Estados Unidos: conoce un joven escritor Norman Mailer de quien traduce la novela “Les Nus et les Morts”, y de quien, a pesar de los altibajos, será un fiel amigo hasta el fin.

En 1947‑48, de regreso a París, participa con el grupo comunista de izquierda “Internationalisme” que procede de la herencia bordiguista bajo la influencia de Marc Chirik y en el que militan compañeros como Robert Salama (llamado “Mousso”), Serge Bricianer, Louis Evrard,… Pero, a pesar de permanecer sólidamente anclado en las posiciones revolucionarias de la corriente de ultra‑izquierda (izquierda alemana, holandesa e italiana) y manteniendo una extensa correspondencia con “Internationalisme”, con Marc Chirik en particular, Jean es demasiado rebelde para poder aceptr algunas tendencias hacia el dogmatismo y a la apología del partido. Antes bien, se ve inclinado hacia los comunistas de los consejos holandeses tales como Pannekoek y Canne‑Meyer. Cuando reside en París durante los años 1960, aporta su contribución al grupo animado por Maximilien Rubel y sus “Cahiers pour le socialisme des conseils”.

Los hechos de mayo 68 le permiten precisar este tipo de evolución y así no participará en “Courant Communiste International” fundada en 1975, todo y siguiendo amigo de Marc Chirik, con quien se entrega a discusiones acaloradas cuando lo reencuentra (llegan incluso a enfadarse). He tenido la suerte de conocerle gracias a los debates que levantaron los días siguientes al 68, y de trabar amistad con él durante cerca de treinta años. En el curso de los 1980, se instala en Ginebra donde trabaja su compañera Elisabeth, pero haciendo frecuentes estancias en París, lo que nos permite profundizar nuestra relación amigable y política.

Mientras ha permanecido en condiciones (1996‑97), se ha esforzado por estar perfectamente al corriente de la actualidad, reflexionar teóricamente y desplazarse a las reuniones del medio de la ultra‑izquierda. Los compañeros de “Perspective Internationaliste” han apreciado de manera particular su presencia y sus precisiones, tanto en las reuniones del “Cercle de discussion” como en aquellas organizadas por el grupo. Estaba de acuerdo en la necesidad de criticar las antiguas posiciones y hacer avanzar la teoría con la ayuda del método marxista.

¡Salud Jean, quedas entre nosotros gracias a todos tus escritos, tanto literarios como políticos!

París, diciembre 1998

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